sábado, 23 de febrero de 2013

Arkhders 3


Si la luz le pareció intensa, no era nada comparado con el frío que sintió de momento. Sus mejillas se enrojecieron y todo su cuerpo se estremeció. Por suerte estaba preparado para ello. Usaba una chaqueta de piel muy entallada y un pantalón de cuero entubado. Sus botas también eran de pieles y a decir verdad eran muy elegantes; en general, iba vestido de una manera muy ostentosa. Tal vez no era un simple beodo cualquiera.
Una vez hubo aclarado su vista, comenzó a deambular por las calles. Siempre al margen de la calzada. Iba a ningún lugar con ningún propósito. Lo hizo por mucho tiempo, hasta que se encontró ya muy lejos de aquella posada -Había emprendido su caminata un par de horas justo después del amanecer, y ahora el sol se hallaba en su cénit-. Llegó hasta los lindes del pueblo y continuó alejándose. El empedrado de la ciudad había quedado atrás y en su lugar había un amplio campo resplandeciente yaciendo bajo el sol, que entre ratos se ocultaba detrás de las nubes que iban de paso. El pasto verde se movía y centellaba como marea en tiempos de tormenta, y el viento frío agitaba su melena contra su cara. Luego prosiguió por una senda con la que había topado, descubrió una saliente y siguió por ahí hasta donde comenzaba el bosque. Se adentró un poco más y los arboles comenzaron a abundar. Reparó un momento, y se sentó debajo de uno de ellos.
<<Dormir es fácil, lo difícil es despertar>> -Escuchó una voz, con tono sarcástico.
<<El tiempo es esencial>>
<<No debes recordar, pero tampoco debes olvidar>>
<<Ja, ja, ja, ja>> La risa era aún más sardónica.
<<23-27>> La última voz resonó en su cabeza con tal fuerza que lo hizo sacudirse de golpe. Abrió los ojos y miró hacia el cielo, era un hermoso cielo naranja veteado de azul, con nubes rosas y moradas. Se había quedado dormido otra vez, y al parecer ya no le sorprendía.
Las sombras largas de los árboles, que se extendían infinitamente, solo significaban algo. La noche estaba por caer y el bosque no era sitio adecuado para pasarla. Así que se levantó del suelo en un solo movimiento y emprendió su camino de regreso.
Recordaba muy bien el trayecto, tardó menos en regresar que lo que le había tomado irse, y el sol aún rayaba en la lejanía. Debía buscar un refugio para no congelarse esta noche, pues  la temperatura descendía rápidamente. Tenía monedas suficientes en su bolsillo, o eso esperaba. Lo mejor sería ir a una posada. Sí, a otra posada. Pero esta vez sería una donde no se sintiera tan raro, y se aseguraría de no beber demasiado. 

viernes, 15 de febrero de 2013

Arkhders 1


Miró el fondo del tarro, aún quedaba mucho por beber. Tomó otro sorbo y volvió a mirar, parecía seguir igual, como si el líquido fuese interminable.

Sentía el estómago pesado y se sentía mareado, tenía la piel erizada y no conseguía enlazar sus recuerdos; nada tenía sentido… tal vez había bebido mucho.

Inclinó su asiento hacia atrás y de repente pudo formular su primer pensamiento.
<<Estoy sentado>>. Miró la mesa donde estaba apoyado, donde se encontraba el vaso, y se preguntó por qué no la había notado antes, sobre ella se encontraba un pedazo de papel plegado.

Alzó la mirada lentamente y pudo notar que no estaba solo, de hecho, pudo notar muchas cosas. <<Estoy en una posada>>; y aunque no podía recordar nada, su razonamiento le hizo sentirse seguro, satisfecho, como si el lograr darse cuenta de lo que era obvio hubiese sido una gran hazaña…

… Sintió el vidrio entre sus dientes, y el sabor amargo de la cerveza en su boca, había empezado a beber de nuevo y no se había percatado de ello. A decir verdad él no quería seguir bebiendo pero sentía la extraña necesidad de hacerlo, tenía que terminar hasta la última gota aunque no le cupiese más en el estómago.

Por fin terminó su cometido, dejó el recipiente vacío sobre la mesa y trató de reflexionar de nuevo.

Arkhders 2

Caviló un buen rato, reflexionaba una y otra vez y no podía entender nada. Sabía que estaba vivo, sabía qué era todo a su alrededor, pero no sabía por qué estaba allí y qué era de su vida antes de ese momento. Miró a lo lejos, donde se encontraba la barra, y vio a una hermosa camarera. Estaba platicando con otro hombre en la barra y con el posadero, ella lo miró también, con un gesto de sospecha. Sabía que había algo mal, sabía que tenía que irse lo más rápido que pudiese. Pero sus pies estaban cansados y él se sentía dormitado. Entrecerró los ojos por un momento, quizá fue más que eso.
-¿Desea otra cerveza señor? -la muchacha estaba ahora a su lado. De verdad era una hermosa mujer, si hubiera nacido en otras condiciones probablemente no sería camarera.
-No, en realidad no, solo dime cuanto es por todo -no sabía cuánto había bebido, ni si contaba con el dinero suficiente para pagarlo, trató de verse lo más confiable posible y le esbozó una sonrisa a la chica. Tenía miedo de que lo hayan estado observando y que se dispusieran a aprehenderlo por algún motivo que ni él mismo conocía.
-Son dos cruces y un águila
Entonces revisó sus bolsillos y sacó de uno de ellos un puño de monedas, buscó con cuidado y encontró las necesarias para pagar. Tal vez el miedo que le causaba la desorientación le hizo recuperar sus fuerzas, porque en ese instante, se levantó de su silla con firmeza y determinación y se propuso dirigirse a la salida. Había dado un par de pasos, cuando recordó el papel sobre la mesa, regresó y lo tomó. Al sentir la hoja en sus manos, se dio cuenta de que no era una pedazo de hoja común, se sentía como un trozo de papiro, de esos que se usaban en la antigüedad. Siguió caminando hasta la salida y palpó el papiro una vez más, notaba una especie de relieve en él, había una marca, parecía más bien como una cicatriz. Abrió la puerta de la posada y un baño de luces blancas segadoras cayeron sobre él, hasta entonces, no se había dado cuenta de lo oscuro que estaba allí dentro. 

jueves, 14 de febrero de 2013

La Liberación

Y allí estaba yo, tendido sobre el suelo, malherido. Había sido una batalla épica, sin duda sería recordada por muchos años. Pero mi cuerpo ya no era digno de tan grandes contiendas y mi alma estaba cansada de tantas batallas. Tiempo atrás había sido un gran guerrero, más que eso, había sido un gallardo caballero, con la elegancia que solo los Señores vasallos del Gran Señor Desmort podían lucir, pues éste elegía solo a los señores con mayor renombre para portar su blasón y llevar su palabra y su espada hacia tierras remotas. Yo era el más pequeño de tres hermanos, hijos del Señor de las lanzas, quien era la mano derecha del Gran Señor de las Tierras y guardián de más de un tercio de su reino. Y aunque por derecho no era merecedor de ser llamado "Señor" al fallecer mi padre, se me fue otorgado un honorable y alto puesto de caballero en las huestes del Señor de las Tierras. La mayor parte de mi vida me dediqué a entrenar para ser un gran guerrero, para estar a la altura de los Caballeros Plateados, y aunque fue una etapa muy dura de mi vida, todo fue recompensado con las solemnes victorias obtenidas en el campo de batalla. El placer de ganar tu primer batalla solo puede ser comparado con el hondo sentimiento de culpa y exaltación que te produce tu primer asesinato y el enajenamiento y confusión que este conlleva. O quizá más fuerte que eso, es sentir que tu hora ha llegado, yacer en el suelo, con heridas incurables y con el peso de tu coraza aplastándote los pulmones. Lo que una vez había servido para protegerte, ahora se había convertido en un mortal enemigo, con tal peso y tales heridas le es imposible levantarse a cualquiera, sobretodo si tu espíritu ha sido quebrado junto con tu cuerpo. Allí estaba yo, esperando que alguien se apiadara de mi, esperando que el que me había derribado tomara su daga de la misericordia y acabara con mi pena. Pero mi atacante había sido derribado también, y con él si habían tenido piedad. Tengo que ser sincero y decir que en ese último momento, ocupé lo poco que me quedaba de aliento para rogarle al cielo, pero no rogaba por vida ni  por perdón, rogaba por que al fin encontrara mi destino y encarara el final, rogaba por que al cerrar los ojos todo hubiera terminado. Pero no todo resulta como deseamos, y en ese momento, aunque me dieron por muerto, mi verdadera vida apenas estaba por empezar. Aquella batalla, conocida como La Batalla de la Traición, fue solo el inicio de una serie de injuriosos actos por parte del Gran Señor hacia su reino y sus fieles vasallos. Cegado por la avaricia y su deseo de poseer más tierras, El Gran Señor de las Tierras rompió su pacto con sus Señores siervos más nobles, aquellos que se habrían opuesto a su reinado de locura y desgracia, y los asesinó antes de que pudiesen oponerse, antes incluso, de que supieran algo al respecto. Cada hijo del Gran Señor ejecutó la orden y cada hijo mató a un Señor vasallo, y claro, a cada hijo le correspondía el respectivo trono que había quedado disponible. Así fue como murió mi padre, así fue como los reinos de La Antigua Orden fueron derrocados y obligados a servir a un único y despiadado rey. El día en el que fui traicionado, junto con mi padre y mis hermanos, fue el día en el que pude ver lo que pocos han visto, vi a la muerte misma y sentí su gélido abrazo sobre mi cuerpo. Pero también vi algo más, un resplandor a lo lejos, que bañó mi cara con un cálido brillo, era el beso de dios. Días después desperté con vendas en un lecho no tan digno de alguien con mi renombre, pero eso ya no importaba, estaba sano, y con una determinación vehemente, que nacía de mis entrañas y manaba por mis ojos. Y es aquí donde inició mi nueva vida, es aquí donde encontré un nuevo propósito, uno más noble que todos mis deseos anteriores. Es aquí donde empieza la historia de La Liberación. 

domingo, 10 de febrero de 2013

Lo que tú sabes

Sabes algo, algo que no puedes explicar, pero lo sientes. Miras a tu alrededor y notas algo extraño, un mundo que parece un invento, una imagen, inmóvil, inerte. Tú sabes algo, algo que parece una mentira. Pero lo que no sabes es por qué el mundo se ve tan extraño, por qué lo puedes notar y sin embargo vivir todos lo días ignorando lo que ves. ¿Cómo es posible que los demás no se percaten? ¿Es que ellos no lo pueden ver? ¿O son parte de la misma fachada?. Tomas tus medicinas, pero ya no surten efecto, porque lo que tú sientes no es una enfermedad, es la realidad fluyendo a través de ti. No hay nada que componer, no hay nada que sanar, solo hay que despertar, y estás a mitad de camino. Pero algo te detiene, es esta vida, son tus sueños, tus anhelos. ¿Cómo podrías irte, si quieres permanecer aquí? ¿Cómo podrías despertar del sueño, si quieres seguir durmiendo?. Tú sabes algo, algo que es innegable. Pero tienes miedo, miedo de aceptar, miedo de darte cuenta de que todo lo que creías de tu vida es una falsedad. Y el miedo te detiene, te controla, te mantiene durmiendo. Tú sabes algo, algo que temes aceptar, algo que te niegas a creer, algo que invade tu mente y te lleva al borde de la locura.. o de la razón, ya no estás seguro. Amigo, lo que tú sabes yo lo supe... estás a una bala de distancia.