jueves, 14 de febrero de 2013

La Liberación

Y allí estaba yo, tendido sobre el suelo, malherido. Había sido una batalla épica, sin duda sería recordada por muchos años. Pero mi cuerpo ya no era digno de tan grandes contiendas y mi alma estaba cansada de tantas batallas. Tiempo atrás había sido un gran guerrero, más que eso, había sido un gallardo caballero, con la elegancia que solo los Señores vasallos del Gran Señor Desmort podían lucir, pues éste elegía solo a los señores con mayor renombre para portar su blasón y llevar su palabra y su espada hacia tierras remotas. Yo era el más pequeño de tres hermanos, hijos del Señor de las lanzas, quien era la mano derecha del Gran Señor de las Tierras y guardián de más de un tercio de su reino. Y aunque por derecho no era merecedor de ser llamado "Señor" al fallecer mi padre, se me fue otorgado un honorable y alto puesto de caballero en las huestes del Señor de las Tierras. La mayor parte de mi vida me dediqué a entrenar para ser un gran guerrero, para estar a la altura de los Caballeros Plateados, y aunque fue una etapa muy dura de mi vida, todo fue recompensado con las solemnes victorias obtenidas en el campo de batalla. El placer de ganar tu primer batalla solo puede ser comparado con el hondo sentimiento de culpa y exaltación que te produce tu primer asesinato y el enajenamiento y confusión que este conlleva. O quizá más fuerte que eso, es sentir que tu hora ha llegado, yacer en el suelo, con heridas incurables y con el peso de tu coraza aplastándote los pulmones. Lo que una vez había servido para protegerte, ahora se había convertido en un mortal enemigo, con tal peso y tales heridas le es imposible levantarse a cualquiera, sobretodo si tu espíritu ha sido quebrado junto con tu cuerpo. Allí estaba yo, esperando que alguien se apiadara de mi, esperando que el que me había derribado tomara su daga de la misericordia y acabara con mi pena. Pero mi atacante había sido derribado también, y con él si habían tenido piedad. Tengo que ser sincero y decir que en ese último momento, ocupé lo poco que me quedaba de aliento para rogarle al cielo, pero no rogaba por vida ni  por perdón, rogaba por que al fin encontrara mi destino y encarara el final, rogaba por que al cerrar los ojos todo hubiera terminado. Pero no todo resulta como deseamos, y en ese momento, aunque me dieron por muerto, mi verdadera vida apenas estaba por empezar. Aquella batalla, conocida como La Batalla de la Traición, fue solo el inicio de una serie de injuriosos actos por parte del Gran Señor hacia su reino y sus fieles vasallos. Cegado por la avaricia y su deseo de poseer más tierras, El Gran Señor de las Tierras rompió su pacto con sus Señores siervos más nobles, aquellos que se habrían opuesto a su reinado de locura y desgracia, y los asesinó antes de que pudiesen oponerse, antes incluso, de que supieran algo al respecto. Cada hijo del Gran Señor ejecutó la orden y cada hijo mató a un Señor vasallo, y claro, a cada hijo le correspondía el respectivo trono que había quedado disponible. Así fue como murió mi padre, así fue como los reinos de La Antigua Orden fueron derrocados y obligados a servir a un único y despiadado rey. El día en el que fui traicionado, junto con mi padre y mis hermanos, fue el día en el que pude ver lo que pocos han visto, vi a la muerte misma y sentí su gélido abrazo sobre mi cuerpo. Pero también vi algo más, un resplandor a lo lejos, que bañó mi cara con un cálido brillo, era el beso de dios. Días después desperté con vendas en un lecho no tan digno de alguien con mi renombre, pero eso ya no importaba, estaba sano, y con una determinación vehemente, que nacía de mis entrañas y manaba por mis ojos. Y es aquí donde inició mi nueva vida, es aquí donde encontré un nuevo propósito, uno más noble que todos mis deseos anteriores. Es aquí donde empieza la historia de La Liberación. 

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